martes, 27 de noviembre de 2018

una felicidad esquiva

Hay momentos de máxima felicidad para el ser humano, que uno quisiera reproducir periódicamente para lograr mantener un ritmo periódico de los mismos. Que al menos una vez por semana se experimentara una dicha tan grande que la vida fuera digna de ser vivida: Esa cena con amigos en la que casi todo lo que se habla es estimulante y divertido para casi todos los presentes, ese paseo por el campo en que la temperatura es ideal y los colores del cielo parecen haber sido pintados para uno, o esa jornada laboral en la que todo fluye sin esfuerzo y se resuelven los contratiempos con prontitud y eficacia.

Y es así como, siguiendo una lógica cartesiana, tratamos de reproducir las condiciones de esas situaciones tan placenteras, con la esperanza de reproducir también la felicidad y plenitud que nos aportaron: Quedamos con los mismos amigos, en el mismo sitio, a la misma hora y con el mismo tipo de comida pero... no se reproduce el mismo efecto. La felicidad es esquiva, y no atiende a fórmulas concretas ni a recetas infalibles.

La felicidad es una experiencia personal ajena a factores externos, pero influenciada por ellos, y que no siempre se pone la máscara de la alegría. Si la perseguimos de forma directa, o trazando un plan de acción, parece burlarse de nosotros, desapareciendo de forma repentina. ¿Cómo se alcanza, entonces, el estado de felicidad...?

Como seres limitados que somos, tanto en la físico como en lo psicológico, lo único que podemos es crear la disposición para recibir esos momentos en los que la felicidad hace acto de presencia. Desarrollar una actitud en la que nuestra conciencia esté lo más despierta posible y durante el mayor tiempo que podamos, para recibir la confluencia de sucesos que pueden desencadenar un intervalo de felicidad. Estar receptivos a esos instantes en los que, a menudo sin previo aviso, surge la armonía entre nosotros y nuestro entorno, físico y social, permitiéndonos gozar de la plenitud vital que aporta el estado de felicidad.

jueves, 9 de agosto de 2018

esas lesiones (in)voluntarias

La mala suerte parece cebarse con algunas personas quiénes, en momentos especialmente significativos, sufren algún tipo de lesión, dolencia, enfermedad o discapacidad temporal que les impide realizar o afrontar algún evento. Es como si un aciago demiurgo (que diría Cioran) les impusiera una carga con la que no pudieran seguir caminando, o como si éste les brindará la escusa perfecta para poder eludir determinados acontecimientos.

Ese viaje que uno no está convencido de querer hacer; esa persona con la que se ha quedado pero que uno prefiere no ver; esa tarea ineludible que uno pagaría por evitar... Situaciones, en definitiva, que generan cierto grado de miedo, inquietud o nerviosismo y para las que no parece haber alternativa hasta que, curiosamente, pasa algo que nos da el pretexto ideal para evitarlas: un esguince de tobillo, una gripe repentina, un lumbago sin causa aparente, etc.

¿Se producen estas dolencias por un castigo divino? ¿Hay algún poder que controla tales situaciones? ¿O es un destino calculado el que establece tan crueles designios?  Me gustaría poder contestar estas preguntas,  pero mi comprensión de la realidad se ciñe a lo mundano. Por eso opino que es la propia tensión e inquietud de cada uno la que proporciona tales herramientas de evitación.

Muchos estudios demuestran como las situaciones que provocan estrés inducen cambios en el organismo: las defensas inmunológicas bajan dejándonos más propensos a padecer enfermedades; los músculos están más tensos, facilitando que se creen contracturas en la espalda y el cuello; los movimientos de hacen más torpes y rígidos, impidiendo el equilibrio y haciéndonos más propensos a tener caídas; la concentración en las tareas diarias disminuye, provocando que se cometan más errores; y así un largo compendio de pequeñas alteraciones orgánicas que nos pueden dejar en la situación ideal para excusarnos de hacer algo.

Sin embargo, lo que no podemos controlar es la manera en que el organismo va a canalizar dicha inquietud interna, siendo muy probable que el cuerpo no sólo nos dé la excusa que queremos para evitar algo, sino que también va a impedirnos hacer muchas otras cosas que sí nos gustaría hacer. ¿Cómo afrontar, entonces, tales situaciones?

Lo primero es determinar qué queremos realmente hacer ante esa situación que nos genera inquietud: si es impuesta o voluntaria, si necesitamos o no afrontarla, o si hemos sido asertivos y sinceros con respecto a la misma. Porque con frecuencia nos vemos abocados a planes y eventos que realmente no hemos decidido, ni necesitamos, ni queremos hacer, pero a los que nos va llevando la inercia social.

El segundo paso es el diálogo con las personas implicadas, y en que medida nuestra relación con ellas influye en nuestro estado anímico. Muchas situaciones son incómodas por el grado de discrepancia que podamos tener que quiénes estarán presentes en ellas, o con la escasa afinidad afectiva que compartamos con estas. Ser capaz de decirle a alguien con quién no deseas estar que no es santo de tu devoción, es algo que requiere mucho valor personal, y una actitud asertiva que deje clara nuestra posición al respecto. Hacerlo de forma que el otro no se sienta molesto o agredido, es una arte que requiere mucha práctica y dedicación para la mayoría.

Por último, está la toma decisión consciente, voluntaria y personal que nos haga posicionarnos en esa situación tal y como nosotros queremos hacerlo, y no como otros pretenden que lo hagamos. Es decir, cambiar la inercia social en que podamos estar, por la conciencia de nuestra verdadera aspiración, y obrar de acuerdo a ella. Porque si nuestra mente no es capaz de tomar las decisiones que queremos, nos arriesgamos a que lo haga nuestro cuerpo, y quizá de una manera que no sea especialmente agradable o placentera. Y así, quizá un día, mientras pensamos en esa comida a la que nos han invitado y a la que no nos apetece nada ir, estemos tan distraídos buscando la forma de eludirla que no veamos el escalón con el que tropecemos y caigamos al suelo provocándonos algún tipo de lesión, que constituya la excusa perfecta para no asistir...

lunes, 14 de mayo de 2018

inteconectividad


Un característica del sistema nervioso humano es que todo tiende a estar interconectado. Y es precisamente esa interconectividad la que nos hace inteligentes,  espontáneos y creativos. Esta característica biológica viene predeterminada en nuestros genes, pero también se puede fomentar o inhibir.

Podemos, por ejemplo, fusionar mentalmente la  información que nos va llegando, e inducir al cerebro a estructurar, asociar y clasificar todo eso como si fuera una red en la que cada dato almacenado guarde relación con el resto. O también podemos ceñir los elementos informativos que nos llegan al ámbito estricto desde el que los recibimos (temático, conceptual o sensitivo), y de esta forma marcarle al cerebro una pauta de "compartimentizacion", donde los recuerdos, conceptos y sensaciones se almacenan en "cápsulas" cerradas e independientes.

En los primeros años de vida, el sistema nervioso del ser humano es flexible. Una parte dañada puede ser reemplazada funcionalmente por otra, pero con los años se tiende a perder esta capacidad en detrimento de la llamada modularizacion. Ésto hace alusión a que las diversas partes del cerebro se encarguen de funciones específicas. Cuanto más mayores nos hacemos, menos plasticidad neuronal tenemos, y más modular es nuestro cerebro. Sin embargo, como todo proceso orgánico, esta pauta evolutiva está supeditada a diversas variables que pueden hacer que este proceso sea más lento o más rápido.

De igual forma que el ejercicio físico mantiene músculos y articulaciones en estado óptimo durante más tiempo, el trabajo intelectual mantiene un funcionamiento cerebral más eficaz y satisfactorio de forma más duradera. Pero mantener una mente activa y ejercitada no se basa sólo en leer o en realizar crucigramas.  La clave radica, precisamente, en seguir manteniendo las redes neuronales interconectadas, mediante un trabajo que las induzca a introducir nueva información y a manejar la que ya tiene de manera diferente, es decir, que se reconecte de forma distinta.

Aquellas actividades, por muy intelectuales que parezcan, que sólo nos llevan a entrar en rutinas ya conocidas, como leer el mismo tipo de textos, resolver el mismo tipo de pasatiempos, hablar de los mismos temas o ver el mismo tipo de películas, tan sólo nos dirigen a compartimentar los contenidos cerebrales, encasillando sus pensamientos, recuerdos y creencias.

Así, hay quiénes encasillan sus relaciones, hay quienes lo hacen con sus sentimientos y otros con sus ideas. Ésto se hace porque la necesidad de tener un orden y una estructura clara y definida, nos suele dar tranquilidad y certidumbre. Pero tener bien "estructurado" el cerebro no implica que no se pueda conectar todo. Algunos no conciben estar a la vez con su pareja y con sus amigos, pues lo ven como ámbitos diferentes que han de estar separados. Otros son incapaces de mezclar algunos alimentos, y existen incluso los que diferencian las diversas disciplinas de conocimiento como si se necesitarán cerebros o programas diferentes para cada una de ellas. De esta forma, les cuesta mucho mezclar, por ejemplo, la filosofía con la política - con lo bien que nos vendría a todos- el deporte con la meditación - tal y como hacen muchas disciplinas orientales -, o la psicología con la salud orgánica, tal y como fomentamos continuamente en este blog.

La interconectividad de ideas y conceptos es, por tanto, un elemento clave en el mantenimiento y la preservación de la salud psíquica y física, pues es aquello que realmente fomenta un cerebro despierto, consciente y creativo. Y, además, hace que la vida sea mucho más entretenida y sugerente...

¿Qué podemos hacer, por tanto, para desarrollar y potenciar la interconectividad? Pues cosas tan asequibles como resolver problemas de lógica diferentes (no sólo sudokus), coger dos textos diferentes y tratar de analizar los puntos sen común y la forma en que podrían fusionarse, leer un texto cantando, recitar una canción sin entonar, narrar verbalmente lo que uno va viendo al pasear por un parque, interpretar los elementos de una anuncio publicitario para averiguar a quiénes va dirigido y, por supuesto, escribir en un blog las ideas que se te van ocurriendo, aunque no parezcan importarle a nadie...

lunes, 9 de abril de 2018

el lado oscuro de la empatía

A muchos teóricos, psicólogos, terapeutas o meros intelectuales de la new age se les llena la boca con la palabra "empatía", sus virtudes y la armonía interpersonal que, supuestamente, su uso genera. Según la RAE, esta se define como el "sentimiento de identificación con algo o con alguien, así como la capacidad de identificarse son él y compartir sus propios sentimientos". Esto está muy bien, pues permite entender qué le pasa al otro y cómo lo vive.

Lo interesante y práctico consiste en saber qué hacemos con esa empatía (caso que la tengamos, ya que algunos vamos un poco justos), y en de que manera puede permitirnos ayudar al otro a superar, por ejemplo, un episodio de tristeza, frustración o desesperanza.

La opción más habitual es "desde el cariño", y lo pongo entre comillas porque son las palabras literales que refieren quiénes actúan de esta manera. Este actuar "desde el cariño" implica dar afecto, escuchar y apoyar con palabras del tipo "estoy contigo",  "todo va a salir bien", o desplegar una actitud corporal afectiva que incluye la sonrisa y el contacto físico para que el otro sienta cercanía y calor humano. Esto es muy útil con personas que están en un proceso irreversible de deterioro físico y psíquico, como son los enfermos terminales, pero ¿es igual de útil con todos los demás?

La empatía no es sólo un despliegue conductual afectivo y cordial, también es una comprensión mental de los que el otro está experimentando, y un análisis de cuál puede ser las mejor pauta que podemos mostrarle para superar un situación que él vive como desagradable, incómoda o incluso hiriente. Y para ello, mostrar una actitud afectiva puede no ser la estrategia más óptima.

A menudo, la persona ha llegado a una situación de malestar porque en su personalidad no hay recursos para afrontar determinadas situaciones. Esta carencia de herramientas se fundamenta en una forma de ser que no considera determinados aprendizajes, por lo tedioso o aburrido que pudieran resultar, y por una adquisición de habilidades limitada a unos aspectos muy concretos de la vida. Inducir a alguien a que aprenda o adquiera algo que nunca ha considerado aprender o adquirir puede resultar terriblemente incómodo y angustioso, tan sólo por el mero hecho de ser algo diferente y, en muchos casos, desconocido.

Ayudar a alguien no consiste, necesariamente, en consolarle, sino en facilitarle que expanda su conciencia hacia aquello que le permita salir de la situación en la que se encuentra, que le aporte herramientas de afrontamiento y que le enseñe a lidiar con las situaciones por sí mismo. Para lograr esto, es frecuente tener que conducir a la persona a una situación incómoda y angustiosa, mediante una actitud firme y asertiva, en la que sus carencias, limitaciones y defectos se ponen en evidencia, pues sólo así, estos podrán ser corregidos para que se desarrolle como individuo.

El afecto y el cariño son muy útiles con niños y ancianos, pero pueden resultar un mero parche en adultos que han de vivir situaciones diarias en las que su carácter va a ser puesto a prueba. La empatía acoge al otro, pero le deja en la misma situación en la que ha estado y en la que está, sin brindarle la oportunidad de mejora o de evolución personal.